Editorial

Los pedazos de Tlatelolco

El 2 de octubre de 1968 es una fecha oscura y sangrienta de la historia de México. Aquel día, grupos militares y miembros del Batallón Olimpia (cuyos integrantes iban vestidos de civiles con un pañuelo o guante blanco en la mano izquierda) abrieron fuego contra estudiantes, profesores, amas de casa y obreros que se manifestaban en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco.

“Son muchos. Vienen a pie, vienen riendo. Bajaron por Melchor Ocampo, la Reforma,  Juárez, Cinco  de  Mayo,  muchachos  y  muchachas  estudiantes que van del brazo en la manifestación con la misma alegría con que hace apenas  unos  días  iban  a  la  feria;  jóvenes  despreocupados  que  no  saben que mañana, dentro de dos días, dentro de cuatro estarán allí hinchándose bajo la lluvia, después de una feria en donde el centro del tiro al blanco lo serán ellos”, así lo describe Elena Poniatowska en la Noche de Tlatelolco.

Aquel 2 de octubre los inconformes se reunieron en Tlatelolco para exigir al gobierno el cese de las agresiones en contra de sus integrantes, la liberación de los presos políticos y retirar las fuerzas armadas de los planteles universitarios. Sin saber lo que pasaría por la tarde.

“Los líderes tenían planeado anunciar una huelga de hambre, para luego marchar a las instalaciones escolares ocupadas por el ejército, pero, entonces, dijeron: Compañeros, vamos a cambiar de programa. Nadie irá a la escuela porque nos están esperando para matarnos. Cuando este mitin concluya, nos iremos a nuestra casa.

En ese momento, un helicóptero apareció sobre la plaza, bajando, bajando. Unos segundos después, lanzó dos luces verdes en medio de la multitud. Yo grité: ‘Muchachos, algo malo va a pasar. Ellos han lanzado luces’. Me contestaron: ‘Vamos, usted no está en Vietnam’. Pero yo repliqué: ‘En Vietnam, cuando un helicóptero arroja luces, es porque desean ubicar el sitio a bombardear’”. Fragmento de la Voz de México, de Oriana Fallaci.

La agresión comenzó cerca de las 6 de la tarde cuando el mitin estaba por concluir. Las luces de bengala que iluminaron el cielo anunciaron el inicio de la batalla, en ese momento, los militares y el Batallón Olimpia abrieron fuego contra los ocupantes de la Plaza.

La confrontación duró 29 minutos, luego los disparos disminuyeron pero la masacre aún no terminaba, la persecución se extendería hasta la madrugada del 3 de octubre.

Los sobrevivientes buscaron refugio en los edificios de la Unidad Tlatelolco, sin embargo, las fuerzas armadas irrumpieron en cada uno de los departamentos, con el objetivo de detener al mayor número de manifestantes.

Los estudiantes detenidos fueron trasladados a las puertas de los elevadores del edificio Chihuahua y al exconvento de la Iglesia de Santiago-Tlatelolco, donde los desnudaros y golpearon. Mientras que los periodistas arrestados fueron registrados y sus pertenencias confiscadas, algunos incluso fueron desvestidos y heridos.

Por la mañana, los bomberos fueron los encargados de limpiar el lugar, borrando los rastros de sangre y recogiendo la ropa de los masacrados, mientras un escuadrón de soldados buscaba entre los escombros a algún sobreviviente. Los cuerpos de las víctimas fueron sacados de la plaza en camiones de carga, sin revelar el destino. Cifras oficiales señalan que los muertos de aquella noche fueron menos de 50.

La mayoría de los medios nacionales aseguraban que todo estaba en calma y el sol brillaba como nunca en el Valle de México. En tanto, la Plaza de las tres Culturas se encontraba “resguardada” por fuerzas federales.

El 1 de septiembre de 1969, 11 meses después de aquel día, el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz declaró en su informe de Gobierno:

“Asumo íntegramente la responsabilidad personal, ética, social, jurídica, política e histórica por las decisiones del gobierno en relación con los sucesos del año pasado”.

Recogiendo los pedazos de distintos testimonios se pudo conocer la historia de la masacre de Tlatelolco.

Todavía fresca la herida, todavía bajo la impresión del mazazo en la cabeza, los mexicanos se interrogan atónitos. La sangre pisoteada de cientos de estudiantes, hombres, mujeres, niños, soldados y ancianos se ha secado en la tierra de Tlatelolco. Por ahora la sangre ha vuelto al lugar de su quietud. Más tarde brotarán las flores entre las ruinas y entre los sepulcros”. La Noche de Tlatelolco, Elena Poniatowska.

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